La Capilla:
A quien halle mi cuerpo:
Soy el padre Ezequiel Mendoza, y esta misiva no es para buscar el perdón, ese me lo concederá Dios o no, ya que él está al tanto de mis pecados y mis aciertos, es para explicar por qué y que no se hagan rumores y conjeturas sobre mi fallecimiento, he sido cura de esta pedanía de Castilla y León durante cinco años y no he tenido quejas de mis fieles, ni ellos de mí.
El reloj del ayuntamiento marca las 11 de la noche, nuestro campanario lleva roto desde mucho antes que yo llegara aquí y estoy empezando a sentir el frio de mi modesta iglesia.
Retomo el tema, ya que siento dentro de mí, que el tiempo apremia y es escaso.
Hace cosa de un mes, sobre las diez de la noche, alguien llamó a la puerta de mi rectoría, cosa rara ya que a las seis en pleno noviembre como estamos ya es noche cerrada, pero yo andaba limpiando y preparando las cosas para la misa del día siguiente.
Abrí y vi a una de mis feligresas muy devota, tanto ella como su familia. Estaba compungida y los ojos rojos e hinchados de llorar. La hice pasar dentro, y a la luz palidecí, de la mujer arreglada, guapa y señorial que acudía a los servicios, era su contraparte, estaba pálida, demacrada parecían haberle caído 50 años más de los que tenía.
La senté y lo máximo que pude ofrecerle fue un café que puse al fuego y ella agradeció debido al frio. Para guardar su anonimato no diré nombres.
La pregunte siempre con calma que la afligía y a qué se debía su estado y su aspecto
<Mi hija P… está teniendo comportamientos extraños padre.>
Su hija a la cual se refería, la conocía. Hacía una semana que no acudía a misa. Lo cual era raro, era una joven alegre de 15 años, el primer año de mi llegada la había dado la primera comunión, a ella y a los niños de su edad que la hacían aquel año.
<Hija mía, la adolescencia es un proceso… a veces difícil. Y se tienen ciertos comportamientos rebeldes.>
<No padre, no es la rebeldía de la edad, Conozco a mi niña, ella es buena, y lleva cosa de semana y media que no es ella misma.>
< ¿A qué te refieres? Cuéntame.>
Le prometí y de ahí que no desvele nombres ni nada relevante, que aun no siendo en confesión, no diría nada.
<Todo empezaría hace una semana y media, se levantó un día pálida y mareada. No se encontraba bien, pero aun así fue al instituto, al volver apenas probó bocado, la pregunté que como habían ido las clases, era la rutina de la hora de la comida y contestaba con monosílabos, seguía pálida y le toqué la frente…estaba helada, como si hubiera estado metida en hielo. La llevé a la cama y llamé al médico. Dijo que parecía un cuadro gripal que no me preocupara, había mucha gripe este año, y en los institutos y escuelas se
pegaba todo, que no había por qué preocuparse, reposo, líquidos y los cuidados de siempre. Hasta ahí todo normal, cuando mi marido llegó por la noche le comenté el estado de nuestra hija y subimos a verla. La habitación era una nevera padre, tenía el balcón abierto de par en par y estaba de pie justo en frente, quitándose toda la ropa, la llamamos la atención y no parecía oírnos. Su padre la trató de llevar a la cama y no podía ni moverla, estaba clavada al suelo con los ojos mirando al infinito, mi marido, bueno, usted lo ha visto, es fuerte y grande y nuestra niña serán apenas 55 kilos, entre ambos la movimos y salió de ese trance, la metimos en la cama y la preguntamos que qué hacía. Ella no sabía a qué nos referíamos, ella lo último que recuerda era que estaba durmiendo muy cansada y luego a nosotros en la cama haciéndole preguntas que no entendía. ¿Le importa si fumo?
Negué, yo di un sorbo al café, me había dejado la garganta seca. Y la mujer encendió el cigarro, yo lo había dejado hacía años. Y aun a día de hoy siento ganas de encender uno.
< ¿Qué ocurrió después?>
La mujer dio un sorbo al café y buscó donde echar la ceniza, le ofrecí un pequeño plato de cerámica marrón donde solía dejar las llaves.
<Llamamos al médico que vino de urgencia y le explicamos lo que había sucedido, habló con la niña en privado, cuando bajó nos dijo que lo más seguro que hubiera sido un episodio de nervios o ansiedad, los exámenes, la vida “adulta” estar bajo mucha presión, probablemente el subconsciente en sueños la hizo tener un episodio de sonambulismo de ahí que pareciera despierta y no se acordara de nada, la había dado un ansiolítico y nos dejó la receta para comprarlo, mi marido salió detrás del médico buscando una farmacia de guardia para traer la medicación.>
Asentí, era una explicación plausible, sometemos a los niños y adolescentes a mucha presión y estrés, si nosotros los adultos no sabemos gestionarlo mucho menos los jóvenes.
<Se lo que piensa padre, unos padres primerizos, que se alarman ante el comportamiento de su hija adolescente y lo entiendo.>
<Hija, no hago juicios de valor, esos los hace el señor, yo solo te estoy escuchando.>
Y era cierto no podía hacer un juicio de valor lo que decía el médico parecía una explicación muy normal. Yo había tenido compañeros seminaristas que habían sufrido crisis nerviosas, tan serias como para dejar los estudios.
<La cosa empeora, y después de esto pensará que estoy loca. Subí a ver a mi hija, estaba dormida y escuché la puerta, pensé que mi marido se había olvidado algo. Bajé a preguntar, pero no había nadie, la puerta simplemente estaba abierta, no de par en par, sino solo un poco, pensé que la había dejado mal cerrada. Y.… y.… que dios me perdone, pero juro el que algo grande subió corriendo las escaleras detrás de mí, haciendo crujir cada peldaño. De ahí todo ha ido empeorando con los días, cuando es por la mañana P… parece ella, agotada y consumida, y al caer la noche, se vuelve violenta, insulta, blasfema…es otra persona. El médico es buen amigo de la familia, le ha hecho pruebas, estudios y análisis. No tiene nada.>
No sabía que responder y di un estratégico sorbo a mi taza de café. Consciente que ella me miraba esperanzada.
<Padre, por favor venga conmigo, mírela y denos su consejo.>
<Hija mía, estas sugiriendo ¿Qué tu pequeña esta poseída?>
La mujer asintió. Un sudor frio recorrió mi columna. Cuando hablé traté de sonar convincente.
<Puedo ir y verla si a si te quedas mas tranquila, pero no puedo hacer más, habría que hablar con el obispo, después de una evaluación médica y psicológica se haría.>
Me levanté con ella y salimos de la rectoría cruzando las calles vacías, el bar del pueblo estaba cerrando ya que nadie saldría al frio de la noche de noviembre.
Cuando llegamos a su casa en el piso de abajo estaba su marido y un joven que sería el médico amigo de la familia, el marido estaba pálido, con unas pronunciadas ojeras y bolsas, se notaba que lo que aquejara a esa familia les estaba pasando una cara factura. Diré el nombre del Doctor ya que no es del pueblo ni las cercanías.
<Padre Mendoza, me alegro verle, este es Ramiro, es un doctor muy amigo de la familia.>
Estreche la mano del joven, de los tres presentes era el mas entero de todos, aunque su apretón, era nervioso.
<Padre un placer.>
<Lamento no poder decir lo mismo dadas las circunstancias, A… me ha explicado la situación. Solo que no puedo practicar un exorcismo, sin una serie de pruebas concluyentes y todo tiene un proceso.>
El médico fue el que habló.
<Las pruebas que le he realizado a P… descartan cualquier trastorno. A priori está sana y normal.>
<Vayamos a verla.>
La madre se quedo abajo y el padre tuvo ciertas dudas en acompañarnos al médico y a mí en nuestro viaje escaleras arriba, la temperatura ciertamente era mas fría y había un olor en el ambiente, sutil, pero penetrante y no era agradable.
Cuando el doctor abrió la puerta, aquella habitación era una nevera. En la calle haría mas calor que dentro de aquella estancia, el olor allí era mas fuerte, se asemejaba a huevos podridos y cera de vela.
Instintivamente, toqué el radiador que estaba encendido. P… estaba atada en la cama, unas correas de cuero la sujetaban de muñecas y manos a los 4 postes de la cama.
<Hemos tenido que atarla para protegernos y protegerla a ella.>
La joven me miró, había miedo e incomprensión en esa mirada.
<Padre…por favor, suélteme, no, no se que quieren de mi, las correas me hacen daño, aflójelas un poco, llevo horas así.>
Mi buen corazón me traiciono y me acerque mas a la cama, pero la duda, no, no fue duda, fue miedo lo que me detuvo.
<Padre ayúdeme, si me suelta se lo puedo agradecer…>
Se pasó la lengua por los labios de manera lasciva y volvió a hablar, aunque no era la voz de la joven era otra voz, gruesa no podría describir si era de hombre o mujer.
<Tengo la edad adecuada para los suyos ¿O soy demasiado mayor?>
Di dos pasos atrás, pálido.
<Vamos Padre Mendoza, peque conmigo, toda alma tiene un precio>
Empujé al padre y al médico fuera, no puedo negar que sentía miedo, antes de cerrar, él ser que habitaba en la niña volvió a hablar.
<¡Ni lo intente padre, esta perra es mía!>
Cuando nos reagrupamos abajo, mi corazón parecía querer salir huyendo.
<¡Me cree ahora padre! Esa cosa de ahí arriba no es mi niña.>
Le pedí un poco de agua y un cigarro, había mirado al mal a los ojos, un cigarro me daba igual en ese momento.
<Debo admitir, que eso de ahí arriba no es la niña que conocí, pero, se debería seguir el protocolo.>
<Padre. Se que tiene ciertos pasos que seguir, en el hospital también para determinadas intervenciones se sigue un protocolo, pero en caso de emergencia hacemos lo mejor por el paciente, y esto es una emergencia, si veo que la niña en el proceso corre peligro parare el…exorcismo. No sabemos de cuanto tiempo disponemos, si usted llama al obispo, el hablará con el vaticano y cuando este le dé el beneplácito, si es que se lo da… y no es tarde para P…>
Al joven doctor no le faltaba razón, había posibilidades de que el exorcismo fuera denegado. Mi corazón estaba en una disyuntiva, entre lo que era correcto y lo que se debía hacer.
Guardé silencio mientras fumaba el cigarro, no interrumpieron mi meditación, realmente, ¿podía intervenir? ¿Podía salvar esa pequeña alma? Debía elegir y que me perdonase dios si elegía mal.
<Voy a la iglesia, Ramiro debe acompañarme y confesarse, si vamos a realizar esto debe contar con el perdón de dios.>
Noté que la madre soltó un pequeño suspiro de alivio, al ver que haría algo para ayudar a la niña.
Deshice el camino hecho pero esta vez con el médico a mi lado.
<Yo debo admitir padre, que no sigo muy de cerca los procesos de la iglesia, desde mi confirmación no he vuelto a entrar en una.>
<Nunca es tarde para acercarse de nuevo a dios, hay mas de un hijo pródigo que regresa tiempo después. Y dios les bendice igualmente.>
Le di una palmada en la espalda, tratando de animarlo. Cuando entramos nos santiguamos, toqué la pila bautismal con la punta de los dedos y le hice la marca de la cruz en la frente, lo conduje al confesionario. Y ocupamos nuestros sitios.
<Ave María purísima.>
<Sin pecado concebida.>
No transcribiré aquí los detalles de la confesión del joven doctor, no eran muy graves, los típicos de esta época. Le puse su penitencia, y lo dejé con ella mientras yo preparaba los enseres que iba a llevar en una pequeña bolsa.
Cuando terminé, dejé la bolsa entre el médico y mía. Me uní a él, y oramos en silencio.
Al finalizar volvimos a la casa mientras las campanas del ayuntamiento daban la medianoche. Llamamos a la puerta y nos abrió el padre, tenía una gasa en la cara. Rápidamente ramiro entro en su papel de médico y lo examinó. Pregunté a la madre que había sucedido.
<Cometimos un error padre, nos llamó diciendo que tenía sed y empezó a llorar ¡Somos sus padres por dios! Verla llorar nos movió a llevarla un poco de agua y soltar una de sus manos, todo fue muy rápido, apartó el vaso de un golpe y arañó la cara de su padre, conseguimos entre los dos volver a atar su mano.>
Me giré para ver a Ramiro que había quitado el apósito y había girado la cara del padre para ver la herida a la luz.
<Por suerte ha sido superficial, es un roce. No dejará marcas.>
<No os preocupéis, el diablo es el padre de la mentira. Por eso es necesario que solo Ramiro y yo subamos. Si queréis ayudarla quedaos aquí rezando.>
Miré a Ramiro que asintió.
<Diga lo que diga, no le escuches, no dejes que te manipule, te va a tentar, no le creas.>
Era algo obvio, pero no estaba de mas recordárselo. Subimos y abrimos la puerta, el ser nos miró con una sonrisa malvada en la cara, su voz ronca quiso imitar a la de su huésped.
<¿Papa está bien? Creo que me he pasado con mi caricia. Solo quería agradecerle el agua.>
Saqué un pequeño frasco de cristal y rocié unas gotas, al contacto humearon un poco, el ser soltó un siseo de dolor.
<Por si aún tenías sed.>
<Que te jodan Mendoza, me voy a llevar a esta zorra al infierno.>
Mostré una pequeña cruz de plata, regalo de mi madre y la puse al frente.
<¡Detente en el nombre de dios!>
El ser volvió a sisear y aparto la mirada de la cruz.
<¿¡Cuál es tu nombre demonio!?>
Silencio.
<Bien, ¿Por qué la pequeña P…?>
Baje unos centímetros la cruz, el ser volvió a mirarme con odio.
<Las almas de chicas como ella son deliciosas, tiene una mente obscena disfruta mucho de si misma pensando en…>
Su mirada pasó por encima de mi hombro clavándose en el doctor.
<Y después se arrepiente, reza hasta quedarse dormida, jurando por dios que no lo volverá a hacer, y a los dos días vuelve a pecar, yo le prometí libertad sin culpa. Pero habría que pagar un precio. Yo cumplí mi parte, y ella dejó de darme mis pequeños tributos, hasta que se olvidó completamente de ello. Así que al incumplir lo pactado, su alma es mía. Negocios padre, negocios.>
No daba crédito a ese testimonio, ¿tan fácil era?
<Su alma le pertenece a dios, a través del bautismo y la sagrada comunión, no tienes poder sobre ella.>
El demonio se empezó a reír fuertemente, mi piel se erizó ante esa risa anti natural.
<Cuentos y mentiras, si eso fuera así, no habría pecadores padre. No tenéis ni idea de lo que hay o deja de haber en el otro lado.>
<¡Silencio demonio! ¡Te ordeno en el nombre de dios y su hijo que abandones el cuerpo de esta joven!>
Esgrimí de nuevo la cruz y rocié el agua santiguando el aire. El ser gritó y se retorció.
<¡Hijo de una puerca!>
<¡Abandona su cuerpo! ¡El poder de dios y los arcángeles te lo ordena!>
La espalda de la chica se arqueó y sus dientes castañetearon. No voy a poner todo el ritual de exorcismo para no extenderme, mi pulso tiembla y no debido al frio. Me ha parecido escuchar el tintineo de monedas.
En los momentos finales de la lucha entre mi fe y ese ser, veía la batalla ganada y ocurrieron tres sucesos muy rápidos. El primero, las correas de cuero de sus muñecas cedieron por la fuerza del demonio, se abalanzó sobre mí y sus garras ya que en ese momento no eran manos me causaron un profundo arañazo en el pecho.
El segundo, a la par que sus garras rasgaban mi piel, el ser grito “Anima per anima” los tablones que trancaban el ventanal saltaron en astillas y este se abrió de golpe.
El último suceso, y el joven doctor puede dar buena fe de ello es que la pequeña cruz de plata brillo con luz propia, una luz blanca pura, que tocó el centro de la frente de la poseída, dio un destello cegador y luego todo fue calma y silencio.
Caí al suelo y Ramiro se acercó a mí, le aparté y solo pude decir.
<La niña… la niña ocúpese de ella.>
Asintió y examinó a la niña, dejé caer la cabeza, jamás me habían quemado con un hierro al rojo, pero creo que ese sentiría de igual manera.
Después de mirarla, se acercó a mí. Quitando los jirones de mi camisa con cuidado, le sujeté la muñeca y le miré, no hizo falta hablar.
<Tranquilo padre, está bien, está dormida, su temperatura, es normal y solo parece un poco deshidratada. Ahora usted es lo importante.>
Miró la herida.
<Padre…El arañazo, esta cauterizado. No creo que sea grave es la primera vez que me enfrento a una herida hecha por…>
<Por el demonio, dilo sin miedo. Lo importante es que lo hemos echado. Baje, baje y avise a sus padres que suban a ver a su niña.>
Me incorporé aun dolorido y pude llegar hasta la sala ayudado por el médico, me senté en uno de los sillones y antes de que la madre subiera le pedí otro cigarro, ella me dio el paquete y dijo que iba a dejar de fumar. Sabia decisión.
La niña estaba perfectamente, ella aun consciente de lo que había pasado, lo veía como una pesadilla de la cual no podía despertar. Todo retomó su curso más o menos, Ramiro venía, cada noche que podía, a tratar la herida que no mejoraba, pero tampoco empeoraba.
Siempre me hacía la misma batería de preguntas ¿Cómo se encuentra? ¿Hay dolor? ¿Algún síntoma más?
Y mis respuestas eran las mismas. No quería preocupar al bueno del doctor, hacía hora y media de trayecto en coche, después de salir de un turno, a veces, de 48 horas seguidas.
Había algo, claro que lo había, tenía lapsus momentáneos de memoria, cuando despertaba de ese estado estaba en algún otro lugar y no sabia como había llegado a el.
La cruz de mi madre, era como una gran piedra al cuello, desapareció en uno de esos lapsus, me desperté en la orilla del rio, casi me había metido hasta las rodillas, tenía una leve quemadura en forma de cruz y los eslabones, en la palma de la mano. Que se esfumó a lo largo de la noche. El motivo de esta carta es porque en estos días, en mis pérdidas de la realidad, despierto cada vez en un piso más alto del campanario, ayer mismo, desperté mirando al vacío, si he logrado aguantar tanto a la ahora ya confirmada influencia demoniaca creo que es por mi fe. Me siento agotado y mis fuerzas fall
ANIMA PER ANIMA

Muy bien relato sigue asi